5 versiones del cuenta de Caperucita roja. Parte 1
Versión 1
LA VERDADERA HISTORIA DE CAPERUCITA
Autores: A.R. Almodóvar, Marc
Taeger
Había una vez una niña muy linda que vivía en un pueblito cerca de un
bosque. La llamaban Caperucita o Caperucita Roja porque su abuela que vivía en
otro pueblo de por allí, le había regalado una capa de ese color, con una
capucha para el frío. A la niña le gustaba tanto aquella prenda que a todas
horas se la quería poner, pero su madre le había dicho que era solo para salir
de casa, lo cual no ocurría muy a menudo.
Casi
todo el tiempo Caperucita se lo pasaba aprendiendo a coser pero como esto no le
gustaba nada, en vez de meter la aguja por la tela, prefería poner alfileres,
así terminaba antes.
Un
día su mamá que tenía la buena costumbre de hacer toda clase de tortitas y
otros dulces en el horno de la casa, sacó unos bollos de leche que desprendían
un olor riquísimo. En cuanto Caperucita los olió, saltó la costura y se plantó
corriendo en la cocina.
-¿Puedo
comerme uno, mamá?
-No,
hija, que están muy calientes y te harían daño en la tripita. Mejor anda a casa
de la abuela que está un poco achacosa y le llevas unos cuantos. Cuando
llegues, seguro que se habrán enfriado. Ah, y llévale también una botella de
leche.
La
niña se puso muy contenta y fue inmediatamente a colocarse su capa y su caperuza
roja. Agarró el canasto y ya salía por la puerta cuando su mamá le dijo:
-Caperucita:
no te entretengas y anda derecho a casa de la abuela. Cuando llegues, dale los
buenos días y no te pongas a curiosear por todas partes que sabes que eso no le
gusta.
-Descuida,
mamá- dijo Caperucita.
Y se
fue dando saltos con su cestito, su capa roja y su caperuza roja muy buen atada
por debajo de la barbilla.
Para
llegar a casa de la abuela había que cruzar el bosque. La niña entró por un
camino pero cuando llevaba un rato andando se tropezó con el compadre lobo.
A este le entraron unas ganas tremendas de
comerse a Caperucita allí mismo.
Pero
aquel viejo tunante tenía un plan mucho mejor.
-Caperucita
¿dónde vas tan linda?
-A
casa de mi abuelita que está achacosa.
- Ah,
muy bien – dijo el lobo.
-¿Y
dónde vive tu abuelita?
-
Pues…
-Espera
que lo adivine – el lobo hizo como que pensaba. –¡Ya lo tengo! En la última
casa del pueblo que hay a la salida del boque.
-¡No!
No. En la primera. Al lado de la fuente – dijo la niña que sin darse cuenta
había dado al lobo la información que necesitaba.
-¡Caramba!
Siendo así llegarás enseguida. Y dime. ¿Qué camino piensas tomar? ¿El de las
agujas o el de los alfileres?
Caperucita
se echó a reír y contestó como un rayo:
-¡El
de los alfileres!
-Haces
muy bien, hijita. Es el más corto y sale al mismo lugar. Tienes tiempo de
sobra. Por cierto, ¿no te has fijado en qué día tan hermoso hace? ¿Has oído
cómo cantan el mirlo y el pinzón? ¿No te gustaría corretear un poco por el
bosque entre las campanillas y los narcisos amarillos? Huele…huele…
El
lobo llenó sus pulmones, aspirando por aquel hocico tan negro que tenía. Y
Caperucita se puso a respirar también dilatando su naricilla. Y era cierto que
todo olía maravillosamente y que el trino de los pájaros resonaba en el prado
multicolor.
-¿Te das cuenta muchacha? Incluso podías llevarle un ramillete de flores a tu pobre abuelita. ¡Y no te costarían ni un céntimo!
-No,
no, que mi mamá me dijo que no me entretenga…
-Si
solo será un momento… Seguro que a tu abuela le encantará ese detalle.
Caperucita
después de pensarlo un poco, saltó el canasto y se puso a saltar por allí. No
sabía que el lobo acababa de engañarla, indicándole el camino de las agujas que
era el más largo. Y entre eso y lo que ella se entretuvo cortando las delicadas
violetas y dando saltos de un lado a otro, se le hizo muy tarde.
Fue el
tiempo que necesitó el lobo para llegar a la casa de la abuela por el camino de
los alfileres. Llamó a la puerta: ¡Pam! ¡Pam!
-¿Quién
es? – preguntó la abuela desde la cama.
- El
lobo puso voz de niña y dijo:
- Soy
yo, abuela, tu nietecita.
- Uy,
qué voz más rara tienes.
- Es
que estoy un poco acatarrada – dijo el lobo.
-Está
bien, hija. Tira de la cuerda y levanta la tarabilla que no está cerrado.
El
lobo así lo hizo y entró en la casa. Primero le pegó una patada al gato que
andaba por allí. Luego, de un salto, alcanzó la cama y en un momento, ¡ñam!
¡ñam!, se comió a la pobre mujer. Después echó las cortinas, avivó el fuego y
se metió en la cama con el camisón y la cofia de la abuela. Como la cofia tenía
muchos encajes, apenas se le veía la carea con aquella narizota y aquellos colmillos tan grandes.
Al
poco llegó Caperucita con su canastito, su capa roja y sus flores recién
cortadas.
¡Pam!
¡Pam! Llamó.
-¿Quién
es? – preguntó el lobo, fingiendo la voz de la abuela.
-Soy
yo, Caperucita que te traigo unos bollos, una botella de leche ¡y un ramito de
flores silvestres!
-Está
bien, hijita. Tira tú misma de la cuerda y levanta la tarabilla.
Caperucita
así lo hizo y entró. Muy despacio porque apenas veía nada.
-¡Qué
oscuro está esto, abuelita!
-Más
oscuro está el corazón del lobo – dijo el gato, detrás de las cortinas. Pero
Caperucita no lo oyó bien y le pareció que era algo que le había dicho la
abuela.
-¿Qué
dices, abuelita?
-
Nada, nada, son mis tripas.
-¿Tienes
hambre?
Entonces
dijo el gato:
-
No te
fíes, Caperucita, y lárgate con la cestita.
-
¿Qué
dices, abuelita?
-
Nada,
nada, son mis tripas.
-
Te
traje los bollos de leche que hace mi mamá.
-
La
verdad es que me apetecería más un poco de carne… ¿A ti no?
Y el gato decía:
-
¡Qué
es el lobo, Caperucita, que es el lobo!
-
¿Qué
dices, abuelita?
-
Nada,
hija, que me suenan las tripitas.
-
¡Corre,
Caperucita, corre! – gritó el gato. Saliendo de un salto de su escondrijo.
Pero
Caperucita se asustó y no sabiendo dónde esconderse, se metió en la cama
gritando:
-¡Ay,
abuelita!
-Ven
aquí, hija. ¡No tengas miedo! – dijo el lobo, abrazándola.
Caperucita
notó que tenía muchos pelos y le dijo:
-
¡Abuelita!
¡Abuelita! ¡Qué velluda eres!
-
Es
para calentarte mejor – dijo el lobo, abrazándola más.
Luego empezó a
desatarle la cinta de su caperuza.
-
Abuelita
¿qué me haces?
-
Te
quito la caperucita. No querrás dormir con ella, ¿verdad?
-
Sí…no…bueno…
¿dónde la pongo?
-
A los
pies de la cama.
Caperucita se
levantó. Luego dijo:
-
¿Y
dónde pongo el corsé?
-
Échalo
al fuego que ya está muy viejo.
-
¿Y
dónde pongo el vestido?
-
Échalo
al fuego que ya está muy desteñido.
A
Caperucita le extrañaron mucho aquellas respuestas y empezó a caminar por la
habitación buscando dónde podía dejar la ropa en vez de echarla al fuego.
Más le
extrañó todavía que su abuela no protestara como siempre que ella se ponía a
curiosear por allí. Entonces empezó a sospechar. Y el gato más fuerte:
-
¡Tonta,
Caperucita! ¿No te das cuenta que esa no es tu abuelita?
Pero
Caperucita solo vio los ojos del gato en la oscuridad. Se asustó de nuevo y
volvió a la cama. Allí el lobo la abrazó otra vez y Caperucita dijo:
-Abuelita
¡qué uñas tan grandes tienes!
- Es
para rascarme mejor.
-
Abuelita, abuelita ¡qué hombros tan anchos tienes!
- Es
para llevar mi haz de leña mejor.
-
Abuelita, abuelita, ¡qué nariz tan grande tienes!
- Es
para aspirar mi tabaco mejor.
Y
cuando Caperucita ya se fijó en la bocaza del lobo dijo:
-
Abuelita,
abuelita, que me estoy haciendo caca.
-
¡Ay,
hija, qué ocurrencia tienes! ¿Ahora?
-
¡Sí,
ahora! ¡No me puedo aguantar!
-
Está
bien, sal un momento para afuera pero no tardes que hace mucho frío y andan por
ahí los lobos.
-
¡Que
me lo digan a mí! – dijo Caperucita pero en voz muy baja.
-
Por si
acaso te amarraré una cuerdecita y si tienes algún peligro, tira de ella para
que yo acuda enseguida.
Así
que el lobo le amarró a Caperucita una cuerda por la muñeca. En realidad era
para que no se escapara. Caperucita recogió el corsé y el vestido pues fue lo
único que encontró en la oscuridad, salió y se puso debajo de una higuera como
la que tiene que hacer…eso. Pero lo que hizo fue morder la cuerda…
Mientras
tanto, el lobo desde dentro decía:
-¿Te
pasa algo, Caperucita?
- No,
abuela, es la tripita que está muy durita.
Y al
cabo de un rato, como tardaba tanto:
-Hija,
Caperucita, ¿terminaste?
Pero
ya la niña había conseguido romper la cuerda y había salido corriendo.
Cuando
el lobo se dio cuenta, salió corriendo también detrás de ella. Claro que
Caperucita le llevaba un buen trecho porque además ya se había dado cuenta de
cuál era el camino más corto.
Corriendo,
corriendo, llegó a su casa y al lobo lo dejó con tres palmos de narices.
-Pero hija. ¿De dónde vienes
tan sofocada? – preguntó la madre. -¿Y tu caperucita roja, con lo linda que
era?
Entonces la niña contestó:
-A los pies de la cama la dejé ¡y no vuelvo a por ella aunque de frío de muera!
Y colorín, colorado, este verdadero cuento se ha acabado.
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