5 versiones del cuenta de Caperucita roja. Parte 4

 VERSIÓN 4

Caperucita Roja y el lobo

Autor: Roald Dahl

 

Estando una mañana haciendo el bobo

le entró hambre espantosa al señor Lobo,

así que, para echarse algo a la muela,

se fue corriendo a casa de la Abuela.

“¿Puedo pasar señora?”, preguntó.

La pobre anciana, al verlo, se asustó

pensando:

“ ¡Este me come de un bocado!”

Y, claro, no se había equivocado:

se convirtió la Abuela en alimento

en menos tiempo del que aquí te cuento.

Lo malo es que era flaca y tan huesuda

que al Lobo no le fue de gran ayuda:

“Sigo teniendo un hambre aterradora...

¡Tendré que merendarme otra señora!”

Y al no encontrar ninguna en la nevera,

gruñó con impaciencia aquella fiera:

“¡Esperaré sentado hasta que vuelva

¡Caperucita Roja de la selva!”

–que así llamaba al bosque aquella fiera,

aunque entre los pinos estuviera–.

Y porque no se viera su fiereza,

se disfrazó de abuela con presteza,

se dio laca en las uñas y en el pelo,

se puso la gran falda gris de vuelo,

zapatos, sombrerito, una chaqueta

y se sentó en espera de la nieta.

Llegó Caperucita a mediodía

y dijo: ”¿Cómo estás abuela mía?

Por cierto, ¡me impresionan tus orejas!”

“Para mejor oírte, que las viejas somos

un poco sordas”.

” ¡Abuelita, qué ojos tan grandes tienes!”.

“Claro, hijita, son los nuevos lentes que

me ha puesto para que pueda verte Don

Ernesto el oculista”,

dijo el animal

mirándola con gesto angelical,

mientras se le ocurría que la chica

iba a saberle mil veces más rica 

que el rancho precedente. De repente

Caperucita dijo:” ¡Qué imponente

abrigo de piel llevas este invierno!”

El Lobo, estupefacto, dijo:” ¡Un cuerno!”

O no sabes el cuento o tú me mientes:

¡Ahora te toca hablarme de mis dientes!

¿Me estás tomando el pelo...? Oye,

mocosa,

te comeré ahora mismo y a otra cosa”.

Pero ella se sentó en una silla

y se sacó un revólver de la capa,

con calma apuntó bien a la cabeza

Y –¡Pam! – allí cayó la buena pieza.

...

Al poco tiempo vi a Caperucita

cruzando por el bosque... ¡Pobrecita!

¿Sabes lo que lleva la infeliz?

pues nada menos que un velís

que a mí me pareció de piel de un lobo

que estuvo una mañana haciendo el

bobo.





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