5 versiones del cuenta de Caperucita roja. Parte 3
VERSIÓN 3
CAPERUCITA ROJA (1812)
Autores: Los Hermanos Grimm
Había una vez una adorable niña que era
querida por todo aquél que la conociera, pero sobre todo por su abuelita, y no
quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una pequeña
caperuza o gorrito de un color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca
quería usar otra cosa, así que la empezaron a llamar Caperucita Roja. Un día su
madre le dijo:
-Ven, Caperucita Roja, aquí tengo un
pastel y una botella de vino, llévaselas en esta canasta a tu abuelita que esta
enfermita y débil y esto le ayudará. Vete ahora temprano, antes de que caliente
el día, y en el camino, camina tranquila y con cuidado, no te apartes de la
ruta, no vayas a caerte y se te quiebre la botella y no quede nada para tu
abuelita. Y cuando entres a su dormitorio no olvides decirle, "Buenos
días," ah, y no andes curioseando por todo el aposento.
-No te preocupes, haré bien todo -dijo
Caperucita Roja, y tomó las cosas y se despidió cariñosamente.
La abuelita vivía en el bosque, como a un
kilómetro de su casa. Y no más había entrado Caperucita Roja en el bosque,
siempre dentro del sendero, cuando se encontró con un lobo. Caperucita Roja no
sabía que esa criatura pudiera hacer algún daño, y no tuvo ningún temor hacia
él.
-Buenos días, Caperucita Roja -dijo el
lobo.
-Buenos días, amable lobo.
- ¿Adónde vas tan temprano, Caperucita
Roja?
- A casa de mi abuelita.
- Pastel y vino. Ayer fue día de hornear,
así que mi pobre abuelita enferma va a tener algo bueno para fortalecerse.
-
¿Y dónde vive tu abuelita, Caperucita Roja?
- Como a medio kilómetro más adentro en el
bosque. Su casa está bajo tres grandes robles, al lado de unos avellanos.
Seguramente ya los habrás visto -contestó inocentemente Caperucita Roja.
El lobo se dijo en silencio a sí mismo:
-¡Qué criatura tan tierna! ¡qué buen
bocadito! y será más sabroso que esa viejita. Así que debo actuar con
delicadeza para obtener a ambas fácilmente.
Entonces acompañó a Caperucita Roja un
pequeño tramo del camino y luego le dijo:
-Mira Caperucita Roja, qué lindas flores
se ven por allá, ¿por qué no vas y recoges algunas? Y yo creo también que no te
has dado cuenta de lo dulce que cantan los pajaritos. Es que vas tan apurada en
el camino como si fueras para la escuela, mientras que todo el bosque está
lleno de maravillas.
Caperucita Roja levantó sus ojos, y cuando
vio los rayos del sol danzando aquí y allá entre los árboles, y vio las bellas
flores y el canto de los pájaros, pensó: "Supongo que podría llevarle unas
de estas flores frescas a mi abuelita y que le encantarán. Además, aún es muy
temprano y no habrá problema si me atraso un poquito, siempre llegaré a buena
hora."
Y así, ella se salió del camino y se fue a
cortar flores. Y cuando cortaba una, veía otra más bonita, y otra y otra, y sin
darse cuenta se fue adentrando en el bosque. Mientras tanto, el lobo aprovechó
el tiempo y corrió directo a la casa de la abuelita y tocó a la puerta.
-¿Quién es? - preguntó la abuelita.
-Caperucita Roja - contestó el lobo.
-Traigo pastel y vino. Ábreme, por favor.
-
Mueve la cerradura y abre tú misma - gritó la abuelita - estoy muy débil y no
me puedo levantarme.
El lobo movió la cerradura, abrió la
puerta, y sin decir una palabra más, se fue directo a la cama de la abuelita y
de un bocado se la tragó.
Y enseguida se puso su ropa de ella, se
colocó un gorro, se metió en la cama y cerró las cortinas.
Mientras tanto, Caperucita Roja se había
quedado recolectando flores, y cuando vio que tenía tantas que ya no podía
llevar más, se acordó de su abuelita y se puso en camino hacia ella. Cuando
llegó, se sorprendió al encontrar la puerta abierta, y al entrar a la casa,
sintió tan extraño presentimiento que se dijo para sí misma: "¡Oh Dios!
que incómoda me siento hoy, y otras veces que me ha gustado tanto estar con
abuelita." Entonces gritó:
-¡Buenos días! - pero no hubo respuesta,
así que fue al dormitorio y abrió las cortinas.
Allí parecía estar la abuelita con su
gorro cubriéndole toda la cara, y con una apariencia muy extraña.
-¡Oh, abuelita! –dijo -¡qué orejas tan
grandes que tienes.
- Es para oírte mejor, mi niña - fue la
respuesta.
- Pero abuelita, ¡qué ojos tan grandes que
tienes!
- Son para verte mejor, querida.
- Pero abuelita, ¡qué brazos tan grandes
que tienes!
- Son para abrazarte mejor.
- ¡Y qué boca tan grande tienes.
- Para comerte mejor.
Y no había terminado de decir lo anterior,
cuando de un salto salió de la cama y se tragó también a Caperucita Roja.
Entonces el lobo decidió dormir una siesta
y se volvió a tirar en la cama, y una vez dormido empezó a roncar fuertemente.
Un cazador que por casualidad pasaba en
ese momento por allí, escuchó los fuertes ronquidos y pensó, “¡Cómo ronca esa
viejita! Voy a ver si necesita alguna ayuda”.
Entonces entró al dormitorio, y cuando se
acercó a la cama vio al lobo tirado allí.
-¡Aquí te encuentro, viejo pecador! – le
dijo -¡Hacía tiempo que te buscaba!
Y ya se disponía a disparar su arma contra
él, cuando pensó que el lobo podría haberse devorado a la viejita y que aún
podría ser salvada, por lo que decidió no disparar. En su lugar tomó unas
tijeras y empezó a cortar el vientre del lobo durmiente. En cuanto había hecho
dos cortes, vio brillar una gorrita roja, entonces hizo dos cortes más y la
pequeña Caperucita Roja salió rapidísimo, gritando:
-¡Qué asustada estuve y qué oscuro que
está ahí dentro del lobo!
Y enseguida salió también la abuelita,
vivita, pero que casi no podía respirar. Rápidamente, Caperucita Roja trajo
muchas piedras con las que llenaron el vientre del lobo. Y cuando el lobo
despertó, quiso correr e irse lejos, pero las piedras estaban tan pesadas que
no soportó el esfuerzo y cayó muerto.
Las tres personas se sintieron felices. El cazador le quitó la piel al lobo y se la llevó a su casa. La abuelita comió el pastel y bebió el vino que le trajo Caperucita Roja y se reanimó. Pero Caperucita Roja solamente pensó: "Mientras viva, nunca me retiraré del sendero para internarme en el bosque, cosa que mi madre ya me había prohibido."
Otro final:
Al llegar, le contó a su abuelita que se había
encontrado con otro lobo y que la había saludado con "buenos días,"
pero con una mirada tan sospechosa, que si no hubiera sido porque ella estaba en
el camino principal, de seguro que se la hubiera tragado.
Bueno - dijo la abuelita- Cerremos bien la puerta para
que no pueda entrar.
Luego, al cabo de un rato, llegó el lobo y tocó a la
puerta y gritó:
-¡Abre, abuelita, soy Caperucita Roja y te traigo unos
pasteles!
Pero ellas callaron y no abrieron la puerta, así que
aquel lobo se puso a dar vueltas alrededor de la casa y por último saltó sobre
el techo y se sentó a esperar que Caperucita Roja regresara a su casa al
atardecer para entonces saltar sobre ella y devorarla en la oscuridad. Pero la
abuelita conocía muy bien sus malas intenciones. Al frente de la casa había una
gran olla, así que le dijo a la niña:
-Mira, Caperucita Roja, ayer hice unas salchichas así
que trae el balde con el agua en que las herví.
Y llenaron la
gran olla a su máximo, agregando deliciosos condimentos. Y empezaron aquellos
deliciosos aromas a llegar a la nariz del lobo que estaba en el tejado
aspirando aquel exquisito olor. Entonces caminó hasta llegar a la orilla del
techo y estiró tanto su cabeza que resbaló y cayó de bruces exactamente al
centro de la olla hirviente, ahogándose y cocinándose inmediatamente.
Y Caperucita Roja retornó segura a su casa y en adelante siempre se cuidó de no caer en las trampas de los que buscan hacer daño.
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