El castillo de Ariel- Cuento
Ahora sí, podemos continuar con nuestra lectura.
¡Que la disfruten!
El castillo de Ariel
Valentina Silva G.
Pero todo
esto cambió cuando unos malvados reyes se apoderaron de sus tierras; invadieron su
castillo, quemaron su reino y tomaron a muchas personas como sus esclavos. Además de
eso, asesinaron a los reyes, los padres de Ariel, y a ella la tomaron
cautiva, arrojándola a una celda fría y maloliente, absolutamente alejada de la
realidad.
Pasaron los
años y el Príncipe Erik, hijo de los malvados reyes, todavía no lograba
conseguir esposa. Era un joven malcriado que cada vez que podía se metía en
problemas, peleando con pandilleros en los bares o de fiesta con sus amigos.
Pero los malvados reyes estaban llegando a una edad longeva, y veían cómo el
fin de sus días llegaba más rápido de lo que ellos pensaban.
-Es hora de
que Erik se case y encuentre una buena mujer para sentar cabeza antes de que
nos vayamos de este mundo- exclamó la reina malvada.
-Estoy de
acuerdo querida, casémoslo con una dama digna de la alta sociedad. - exclamó
muy pomposo el tirano rey.
Le
programaron mil citas con todas las nobles solteras de la más fina clase; pero
todas huían espantadas al ver los burdos modales del príncipe que sólo sabía
hablar de sí mismo, contando sus supuestas aventuras y sin ningún recato a la
hora de tomar el té o al bailar al compás de la estirada música que tocaba el
coro en el salón.
Ninguna de
las jóvenes damas aceptó al excéntrico príncipe, y los reyes empezaban a perder
la paciencia con su hijo, el cual no tenía idea de cómo comportarse en sociedad
ni de cómo cortejar una dama, y que sin embargo era la única descendencia que
habían concebido. Se lamentaban por haberle dejado tener tantas libertades
mientras ellos conquistaban muchos reinos pequeños de la región, aunque habían
decidido establecerse en el reino actual porque era el más hermoso, abundante y
estratégico punto de guerra que habrían podido establecer en el continente.
Pero si su
hijo era un problema, aún seguía otro mucho peor; la gente del pueblo se estaba
rebelando contra su autoridad; revueltas de campesinos por aquí y por allá se
manifestaban en todas partes del reino: se hacían llamar "Los Rojos"
(en honor al color de cabello tan distintivo que tenían sus antiguos y amados
reyes) y exigían que la verdadera dinastía debía volver a gobernar el país, es
decir, que Ariel debía tomar la corona y desterrar para siempre a quienes
habían tomado el poder por la fuerza. Por supuesto los reyes malvados trataron
de reprimir la situación con sobornos y violencia, pero el conflicto se estaba
haciendo insostenible y en cualquier momento empezaría una guerra civil.
Ariel,
mientras tanto, aún seguía en prisión; estaba muy delgada y desnutrida, porque apenas
tenía ánimo para comer, y en su rostro poco quedaba de la alegre niña que
recogía flores en el mercado; ahora en sus ojos sólo existía la tristeza, y
constantemente lloraba porque extrañaba a sus padres, a su pueblo, y por sobre
todo, a su adorada libertad. Sin embargo, aún en su estado de tristeza y
desnutrición, aún existía un vestigio de hermosura y elegancia que no se había
desvanecido, quizás por la esperanza de que algo ocurriera y la sacara de allí.
Una de las
cosas más tristes y poco agradables de ser muda para Ariel, era que otras personas
la trataban como si ella fuera tonta o sorda. Los guardias que la cuidaban no
sabían quién había sido ella, que además de ser crueles, gozaban el gritarle y
burlarse de su condición, poniéndole sobrenombres hirientes y haciéndole gestos
cada vez que se acordaban de que ella estaba allí. Obviamente esto a ella le
asustaba hasta el punto de hacerse bolita en el piso, queriendo más que nunca
desaparecer y lamentándose por su miserable vida.
Sin embargo,
lo único bueno que podía rescatar de su condición es que, cuando le ponían el
mohoso plato al frente de ella con las sobras de las comidas, los guardias,
olvidándose de su presencia, se ponían a conversar sobre los temas más actuales
del reino; como decía antes, ellos pensaban que Ariel también era medio sorda o
que no estaba lo suficientemente cuerda como para entender lo que ellos decían,
así que no tenían ningún cuidado en gritar a los cuatro vientos información
confidencial del reino a pesar de que ella podía escuchar cualquier cosa que
ellos dijeran, porque las frías, húmedas y grises paredes de la torre en que la
tenían encerrada eran muy finas, y cualquier mínimo ruido las traspasaba, para
finalmente llegar a los ansiosos oídos de Ariel, quien esperaba todo el día
para saber sobre los asuntos de su querido reino.
Así ella
pudo enterarse fácilmente de los fallidos intentos del príncipe para encontrar
esposa, y que los malvados reyes poco a poco estaban enfermando y quedándose
sin tiempo para prometer a su hijo y crear descendencia. También se enteró de
"Los Rojos", quienes exigían que Ariel volviera al trono, y en ese
momento ella creyó fervientemente que ellos serían su solución, que vendrían a
rescatarla y que finalmente su tortura se acabaría. Se enderezó, tomó
dignamente su plato del suelo y se lo tomó todo de una vez; si quería salir de
esa horrible celda tendría que estar preparada: debía alimentarse lo mejor
posible y tener por lo menos la resistencia física suficiente para bajar de la
torre y no morir de agotamiento en el proceso.
Tomó el
cuchillo de cocina que le prestaban para cortar el pequeño pedazo de carne que
le daban para comer, y lo lavó con el hilito de agua que corría por un oxidado
lavamanos que estaba en su celda. Luego lo tomó, y con mucha paciencia cortó su
largo cabello hasta dejarlo a la altura de su cintura; no fuera a ser que este
le molestara al intentar huir cuando fueran por ella. Cuando los guardias
vieron todo su pelo en el piso, la maldijeron por ensuciar el lugar, y creyendo
firmemente que había perdido la cordura, la movieron a otra celda para limpiar.
En todo el alboroto, no notaron que faltaba el cuchillo que ella, hábilmente,
había escondido entre sus ropas hilachentas.
Al día
siguiente, con el cuchillo escondido, esperó pacientemente la llegada de algún
salvador que la rescatara. Sin embargo pasó ese día, y muchos otros más, hasta
que Ariel perdió la paciencia y volvió a creer que estaba desamparada en este
mundo. Sin embargo, un día, dejaron a otro prisionero en la celda contigua; era
un joven pastor que había robado unas manzanas del mercado, porque tenía una
gran familia para alimentar, y sus dos hermanos menores estaban muriéndose de
hambre.
Los
guardias, con violencia y sin percatarse que Ariel estaba acurrucada mirando la
escena, arrojaron al joven al calabozo, gritándole:
-Por ladrón
y codicioso vas a morir aquí... O quién sabe, los reyes incluso pueden mandarte
a la horca... ¡AJJAJAAJAJA! - exclamaron sin piedad, cerrando la jaula y
retirándose del lugar.
Ariel salió
de su escondite y decidió examinar más de cerca el bulto que era esa persona
tirada en el piso. Se notaba que él estaba en iguales o incluso peores
condiciones que ella... Pero antes que pudiera seguir con su examen visual,
este se levantó, se sacudió el polvo y empezó a caminar por la celda.
Cuando
reparó en Ariel, ella ya se había escondido, temerosa por si le hacía daño.
- ¿Quién
eres tú? - preguntó el joven. Al no recibir respuesta, dijo. - Yo soy Emmanuel,
pero puedes llamarme Em. - nuevamente Ariel no le contestó.
-Creo que no
quieres decirme tu nombre. No importa, supongo que aún no confías en mí. Yo
estoy aquí porque robé unas manzanas. ¡Era la primera vez que lo hacía, lo
juro! Pero mis hermanitos mueren de hambre, y ahora que estoy aquí. Caleb, que
es el mayor, deberá salir a trabajar para mantener a Chris... Realmente debí
correr más rápido para que no me atraparan... Espero que estén bien...- comentó
triste, sentándose en el suelo antes de proseguir con su monólogo.
- ¿Qué hay
de ti? ¿Quieres contarme tu historia? - dijo Em mirando a Ariel.
Ella asintió
con la cabeza.
-Bien,
entonces te escucho. - replicó él.
Sin embargo
Ariel se señaló la boca, en muestra de que no podía hablar.
-Oh
disculpa, no me había dado cuenta. Debes ser muda, ¿no? - exclamó él.
Ella asintió
con entusiasmo. Realmente estaba comunicándose con otra persona después de
tanto tiempo encerrada.
- ¡Oh, creo
que ya sé quién eres! Tienes el pelo rojo y eres muda... ¡Debes ser la princesa
Ariel! - exclamó con mucha alegría Em, mientras Ariel asentía muy contenta.
-Debes saber que tu pueblo no está nada bien, y que están planeando rescatarte.
¡Espero que muy pronto puedas salir de este horrendo lugar!
Y así, ambos
jóvenes empezaron a entablar una bonita amistad, acompañándose mutuamente
incluso en los momentos más tristes.
Esa tarde,
llegó a los oídos del rey que habían puesto a un ladrón en la misma torre que
la princesa muda, hija de los antiguos reyes. Eso lo enojó mucho, porque había
pedido estrictamente que ella debía permanecer sola y sin más contacto que los
guardias, ya que otros podrían reconocerla, sobre todo ahora que el pueblo
estaba con revueltas absurdas. Es por eso que mandó a llamar a su reina y al
capitán de la guardia.
-Ustedes van
a ir a la torre y van a escoltar al prisionero a la horca. Si es liberado, va a
esparcir rumores acerca de la perdida princesa muda, así que debe morir antes
del amanecer. Confío en ambos para que esto se realice con la mayor discreción
posible.
-Sí mi rey.
- respondieron al unísono la reina y el capitán.
Efectivamente
ambos se dirigieron a la torre, acompañados de un puñado de guardias leales.
Cuando
escucharon sus pesados pasos, Ariel tuvo un fuerte presentimiento y supo que
debía ayudar a Em. Le arrojó el cuchillo que había ocultado todo este tiempo y
velozmente se lo pasó bajo la reja del calabozo. Este lo guardó entre sus
ropas, justo a tiempo, salvándose de que lo vieran.
-El
prisionero Emmanuel, levántese y venga con nosotros. - exclamó el guardia.
Este lo
hizo, lenta y obedientemente bajo la mirada del capitán y los guardias que los
rodeaban.
Sin embargo,
la reina estaba mirando a otra persona; era Ariel, quien aún seguía acurrucada
en una esquina. La reina, sin embargo, pudo ver que en ella aún perduraba la
hermosura y el elegante porte que tenía cuando aún era la princesa de ese
reino. Pensó entonces, que si casaba a su hijo Erik con ella, todos sus
problemas se solucionarían; el pueblo nuevamente se sentiría satisfecho por
haber recuperado sus raíces, y ella estaría sumisa y cómoda al lado de Erik...
y si no lo estaba, de todas formas no podría quejarse.
Entonces,
mientras los guardias amarraban a Em con unas cuerdas, se acercó a Ariel y le
dijo:
-Tú debes
ser Ariel, la princesa muda, ¿no es así? - le preguntó. Ella asintió
tímidamente con la cabeza.
-Bien,
entonces te tengo una propuesta: Te ofrezco salir de aquí y darte tu preciada
libertad, sin embargo, deberás casarte con el príncipe Erick, mi hijo, y no
deberás desobedecernos en nada de lo que te ordenemos, si no, volverás aquí y
no saldrás por el resto de tu vida. ¿Te parece bien, pequeña princesita? - dijo
ella, con una sonrisa siniestra.
Ariel lo
pensó un momento. Había intentado escapar innumerables veces de esa torre, pero
era imposible. Si lograba salir de ahí y habitar nuevamente el palacio, quizás
sí podría escapar y reunir a su gente para empezar una rebelión. Finalmente
asintió con la cabeza, decidida a cambiar su vida.
Entonces la
reina, escoltada por el capitán de la guardia, llevó a Ariel a palacio, y el
resto de los guardias escoltaron a Em con destino a la horca. Con una mirada
ambos se despidieron e internamente desearon que el otro pudiera sortear las
difíciles pruebas que venían por delante.
Camino a la
horca, los guardias se percataron que habían olvidado las llaves en el establo.
Como no quedaba tan lejos, dejaron a Em atado a un poste y fueron en busca de
ellas.
En tanto Em
quedó solo y sin vigilancia, con el cuchillo que Ariel le había dejado, cortó
sus ataduras, y procurando no ser visto por nadie, huyó tan rápido como pudo.
Ariel por su
parte, volvió a ver su palacio. Estaba casi igual a lo que recordaba, y esa
noche, pudo tener un buen baño, comida en abundancia y un descanso reparador
que la prepararía para el siguiente día.
Cuando
amaneció, le cambiaron sus ropas por unas dignas de una princesa, y la
dirigieron al invernadero, en donde la esperaba el príncipe Erik. Estaba
sentado, con las piernas apoyadas encima de una mesa, tomando el té con una
mano, totalmente aburrido. Esa fue la primera de muchas citas que ambos
tuvieron; el príncipe estaba encantado: finalmente una mujer escuchaba sus
largas charlas acerca de sus aventuras y no le recriminaba por ser él mismo.
Ariel no era anticuada como sus padres, y era una excelente compañera;
paciente, delicada, refinada y divertida. Además se reía de sus chistes y
podían hacer muchas cosas juntos. Ariel por su parte estaba impresionada: ese
chico no se parecía en nada a sus padres, y no pudo culparlo por la mala vida
de su gente.
Pero un buen
día, cuando Ariel estaba disfrutando de la belleza de sus jardines,
escuchó una conmoción: eran "Los rojos", los cuales se habían
enterado de que la princesa muda estaba viva, y venían a rescatarla. En medio
de la conmoción, Ariel corrió hacia ellos, y uno la condujo por un pasadizo
secreto, guiándola al exterior, en donde huyeron a caballo. Después de un rato,
el joven se bajó la capucha que le cubría su rostro y le dijo:
- ¿Aún me
reconoces, princesa? - le dijo Em, quien se había unido a "Los Rojos"
después de haber huido de palacio. - ¿No creías que me había olvidado de ti,
verdad? ¡Ahora puedo rescatarte y salvarte de las garras del príncipe y sus
padres!
Entonces
Ariel le explicó que el príncipe había sido dulce, considerado y atento con
ella; a través de gestos le dijo que había sido un buen muchacho, y que ambos
estaban enamorados. Em se sintió genuinamente sorprendido, pero decidió apoyar
a su amiga en todo lo que ella quisiera.
Llegaron a
la base de "Los rojos", en donde Ariel se enteró a mayor profundidad
de la situación de su pueblo, y planeó en conjunto con todos el plan definitivo
para derrocar a los malvados reyes.
Semanas
después, cuando estuvieron listos los preparativos, Ariel, Em, y un grupo de
campesinos que lideraban el movimiento, se infiltraron en el palacio, y después
de una intensa batalla, lograron retomar el control de su nación.
Encerraron a
los antiguos y malvados reyes por el resto de su vida en la torre, sin
comunicación con el resto del mundo. Por otra parte, el príncipe Erick, que
estaba encerrado en su habitación al momento del ataque, le juró su completa
lealtad y devoción a la inteligente, intrépida y leal princesa Ariel, y en un
acto de amor, le pidió su mano, a lo que ella muy feliz aceptó. Su boda se
realizó en un hermoso jolgorio, y las festividades no cesaron hasta semanas
después, porque el pueblo por fin tenía suficiente comida y bebida, además de
la alegría de saber que sus reyes, Erick y Ariel, se preocupaban genuinamente
por ellos, y el reino se llenó de una paz y tranquilidad que en mucho tiempo,
no habían tenido.
Además, los
nuevos reyes nombraron a Emmanuel como el honorable Encargado de Asuntos
Públicos, por la gran valentía e incondicional lealtad que había demostrado en
el transcurso del tiempo. Sus hermanos Caleb y Chris crecieron saludables, y
cuando tuvieron la edad suficiente, entraron a la guardia real encargada de
proteger a los nuevos reyes.
F I N
Espero que el cuento les haya gustado a ustedes y a sus seres queridos.
¡Nos vemos otro día en el blog, bye!


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