El castillo de Ariel- Cuento

Hola a todos y a todas, ¿Cómo están?
Yo soy Valentina, y el día de hoy les compartiré un cuento de mi autoría, el cual he escrito con mucho cariño. Creo que es adecuado para un público desde los 11 años de edad en adelante, pero incluso si no es tu caso, igualmente puedes leerlo o pedirle a otra persona que lo lea para ti.
Ahora sí, podemos continuar con nuestra lectura.

¡Que la disfruten!


El castillo de Ariel

Valentina Silva G.


 Había una vez, hace muchísimos años, una joven princesa que nació muda, de nombre Ariel. Era muy querida por su reino y por su familia, ya que era siempre fiel y caritativa con todas las personas, sin importar su color de piel, género u estatus social. Su actividad favorita era pasear por el mercado y comprarle flores a su gente, para luego decorar su hermosa habitación con ellas.

Pero todo esto cambió cuando unos malvados reyes se apoderaron de sus tierras; invadieron su castillo, quemaron su reino y tomaron a muchas personas como sus esclavos. Además de eso, asesinaron a los reyes, los padres de Ariel, y a ella la tomaron cautiva, arrojándola a una celda fría y maloliente, absolutamente alejada de la realidad.

Pasaron los años y el Príncipe Erik, hijo de los malvados reyes, todavía no lograba conseguir esposa. Era un joven malcriado que cada vez que podía se metía en problemas, peleando con pandilleros en los bares o de fiesta con sus amigos. Pero los malvados reyes estaban llegando a una edad longeva, y veían cómo el fin de sus días llegaba más rápido de lo que ellos pensaban. 

-Es hora de que Erik se case y encuentre una buena mujer para sentar cabeza antes de que nos vayamos de este mundo- exclamó la reina malvada.

-Estoy de acuerdo querida, casémoslo con una dama digna de la alta sociedad. - exclamó muy pomposo el tirano rey.

Le programaron mil citas con todas las nobles solteras de la más fina clase; pero todas huían espantadas al ver los burdos modales del príncipe que sólo sabía hablar de sí mismo, contando sus supuestas aventuras y sin ningún recato a la hora de tomar el té o al bailar al compás de la estirada música que tocaba el coro en el salón.

Ninguna de las jóvenes damas aceptó al excéntrico príncipe, y los reyes empezaban a perder la paciencia con su hijo, el cual no tenía idea de cómo comportarse en sociedad ni de cómo cortejar una dama, y que sin embargo era la única descendencia que habían concebido. Se lamentaban por haberle dejado tener tantas libertades mientras ellos conquistaban muchos reinos pequeños de la región, aunque habían decidido establecerse en el reino actual porque era el más hermoso, abundante y estratégico punto de guerra que habrían podido establecer en el continente.

Pero si su hijo era un problema, aún seguía otro mucho peor; la gente del pueblo se estaba rebelando contra su autoridad; revueltas de campesinos por aquí y por allá se manifestaban en todas partes del reino: se hacían llamar "Los Rojos" (en honor al color de cabello tan distintivo que tenían sus antiguos y amados reyes) y exigían que la verdadera dinastía debía volver a gobernar el país, es decir, que Ariel debía tomar la corona y desterrar para siempre a quienes habían tomado el poder por la fuerza. Por supuesto los reyes malvados trataron de reprimir la situación con sobornos y violencia, pero el conflicto se estaba haciendo insostenible y en cualquier momento empezaría una guerra civil.

Ariel, mientras tanto, aún seguía en prisión; estaba muy delgada y desnutrida, porque apenas tenía ánimo para comer, y en su rostro poco quedaba de la alegre niña que recogía flores en el mercado; ahora en sus ojos sólo existía la tristeza, y constantemente lloraba porque extrañaba a sus padres, a su pueblo, y por sobre todo, a su adorada libertad. Sin embargo, aún en su estado de tristeza y desnutrición, aún existía un vestigio de hermosura y elegancia que no se había desvanecido, quizás por la esperanza de que algo ocurriera y la sacara de allí.

Una de las cosas más tristes y poco agradables de ser muda para Ariel, era que otras personas la trataban como si ella fuera tonta o sorda. Los guardias que la cuidaban no sabían quién había sido ella, que además de ser crueles, gozaban el gritarle y burlarse de su condición, poniéndole sobrenombres hirientes y haciéndole gestos cada vez que se acordaban de que ella estaba allí. Obviamente esto a ella le asustaba hasta el punto de hacerse bolita en el piso, queriendo más que nunca desaparecer y lamentándose por su miserable vida.

Sin embargo, lo único bueno que podía rescatar de su condición es que, cuando le ponían el mohoso plato al frente de ella con las sobras de las comidas, los guardias, olvidándose de su presencia, se ponían a conversar sobre los temas más actuales del reino; como decía antes, ellos pensaban que Ariel también era medio sorda o que no estaba lo suficientemente cuerda como para entender lo que ellos decían, así que no tenían ningún cuidado en gritar a los cuatro vientos información confidencial del reino a pesar de que ella podía escuchar cualquier cosa que ellos dijeran, porque las frías, húmedas y grises paredes de la torre en que la tenían encerrada eran muy finas, y cualquier mínimo ruido las traspasaba, para finalmente llegar a los ansiosos oídos de Ariel, quien esperaba todo el día para saber sobre los asuntos de su querido reino.

Así ella pudo enterarse fácilmente de los fallidos intentos del príncipe para encontrar esposa, y que los malvados reyes poco a poco estaban enfermando y quedándose sin tiempo para prometer a su hijo y crear descendencia. También se enteró de "Los Rojos", quienes exigían que Ariel volviera al trono, y en ese momento ella creyó fervientemente que ellos serían su solución, que vendrían a rescatarla y que finalmente su tortura se acabaría. Se enderezó, tomó dignamente su plato del suelo y se lo tomó todo de una vez; si quería salir de esa horrible celda tendría que estar preparada: debía alimentarse lo mejor posible y tener por lo menos la resistencia física suficiente para bajar de la torre y no morir de agotamiento en el proceso.

Tomó el cuchillo de cocina que le prestaban para cortar el pequeño pedazo de carne que le daban para comer, y lo lavó con el hilito de agua que corría por un oxidado lavamanos que estaba en su celda. Luego lo tomó, y con mucha paciencia cortó su largo cabello hasta dejarlo a la altura de su cintura; no fuera a ser que este le molestara al intentar huir cuando fueran por ella. Cuando los guardias vieron todo su pelo en el piso, la maldijeron por ensuciar el lugar, y creyendo firmemente que había perdido la cordura, la movieron a otra celda para limpiar. En todo el alboroto, no notaron que faltaba el cuchillo que ella, hábilmente, había escondido entre sus ropas hilachentas.

Al día siguiente, con el cuchillo escondido, esperó pacientemente la llegada de algún salvador que la rescatara. Sin embargo pasó ese día, y muchos otros más, hasta que Ariel perdió la paciencia y volvió a creer que estaba desamparada en este mundo. Sin embargo, un día, dejaron a otro prisionero en la celda contigua; era un joven pastor que había robado unas manzanas del mercado, porque tenía una gran familia para alimentar, y sus dos hermanos menores estaban muriéndose de hambre.

Los guardias, con violencia y sin percatarse que Ariel estaba acurrucada mirando la escena, arrojaron al joven al calabozo, gritándole:

-Por ladrón y codicioso vas a morir aquí... O quién sabe, los reyes incluso pueden mandarte a la horca... ¡AJJAJAAJAJA! - exclamaron sin piedad, cerrando la jaula y retirándose del lugar.

Ariel salió de su escondite y decidió examinar más de cerca el bulto que era esa persona tirada en el piso. Se notaba que él estaba en iguales o incluso peores condiciones que ella... Pero antes que pudiera seguir con su examen visual, este se levantó, se sacudió el polvo y empezó a caminar por la celda.

Cuando reparó en Ariel, ella ya se había escondido, temerosa por si le hacía daño.

- ¿Quién eres tú? - preguntó el joven. Al no recibir respuesta, dijo. - Yo soy Emmanuel, pero puedes llamarme Em. - nuevamente Ariel no le contestó.

-Creo que no quieres decirme tu nombre. No importa, supongo que aún no confías en mí. Yo estoy aquí porque robé unas manzanas. ¡Era la primera vez que lo hacía, lo juro! Pero mis hermanitos mueren de hambre, y ahora que estoy aquí. Caleb, que es el mayor, deberá salir a trabajar para mantener a Chris... Realmente debí correr más rápido para que no me atraparan... Espero que estén bien...- comentó triste, sentándose en el suelo antes de proseguir con su monólogo.

- ¿Qué hay de ti? ¿Quieres contarme tu historia? - dijo Em mirando a Ariel.

Ella asintió con la cabeza.

-Bien, entonces te escucho. - replicó él.

Sin embargo Ariel se señaló la boca, en muestra de que no podía hablar.

-Oh disculpa, no me había dado cuenta. Debes ser muda, ¿no? - exclamó él.

Ella asintió con entusiasmo. Realmente estaba comunicándose con otra persona después de tanto tiempo encerrada.

- ¡Oh, creo que ya sé quién eres! Tienes el pelo rojo y eres muda... ¡Debes ser la princesa Ariel! - exclamó con mucha alegría Em, mientras Ariel asentía muy contenta. -Debes saber que tu pueblo no está nada bien, y que están planeando rescatarte. ¡Espero que muy pronto puedas salir de este horrendo lugar!

Y así, ambos jóvenes empezaron a entablar una bonita amistad, acompañándose mutuamente incluso en los momentos más tristes.

 

Esa tarde, llegó a los oídos del rey que habían puesto a un ladrón en la misma torre que la princesa muda, hija de los antiguos reyes. Eso lo enojó mucho, porque había pedido estrictamente que ella debía permanecer sola y sin más contacto que los guardias, ya que otros podrían reconocerla, sobre todo ahora que el pueblo estaba con revueltas absurdas. Es por eso que mandó a llamar a su reina y al capitán de la guardia.

-Ustedes van a ir a la torre y van a escoltar al prisionero a la horca. Si es liberado, va a esparcir rumores acerca de la perdida princesa muda, así que debe morir antes del amanecer. Confío en ambos para que esto se realice con la mayor discreción posible.

-Sí mi rey. - respondieron al unísono la reina y el capitán.

Efectivamente ambos se dirigieron a la torre, acompañados de un puñado de guardias leales.

Cuando escucharon sus pesados pasos, Ariel tuvo un fuerte presentimiento y supo que debía ayudar a Em. Le arrojó el cuchillo que había ocultado todo este tiempo y velozmente se lo pasó bajo la reja del calabozo. Este lo guardó entre sus ropas, justo a tiempo, salvándose de que lo vieran.

-El prisionero Emmanuel, levántese y venga con nosotros. - exclamó el guardia.

Este lo hizo, lenta y obedientemente bajo la mirada del capitán y los guardias que los rodeaban.

Sin embargo, la reina estaba mirando a otra persona; era Ariel, quien aún seguía acurrucada en una esquina. La reina, sin embargo, pudo ver que en ella aún perduraba la hermosura y el elegante porte que tenía cuando aún era la princesa de ese reino. Pensó entonces, que si casaba a su hijo Erik con ella, todos sus problemas se solucionarían; el pueblo nuevamente se sentiría satisfecho por haber recuperado sus raíces, y ella estaría sumisa y cómoda al lado de Erik... y si no lo estaba, de todas formas no podría quejarse.

Entonces, mientras los guardias amarraban a Em con unas cuerdas, se acercó a Ariel y le dijo:

-Tú debes ser Ariel, la princesa muda, ¿no es así? - le preguntó. Ella asintió tímidamente con la cabeza. 

-Bien, entonces te tengo una propuesta: Te ofrezco salir de aquí y darte tu preciada libertad, sin embargo, deberás casarte con el príncipe Erick, mi hijo, y no deberás desobedecernos en nada de lo que te ordenemos, si no, volverás aquí y no saldrás por el resto de tu vida. ¿Te parece bien, pequeña princesita? - dijo ella, con una sonrisa siniestra.

Ariel lo pensó un momento. Había intentado escapar innumerables veces de esa torre, pero era imposible. Si lograba salir de ahí y habitar nuevamente el palacio, quizás sí podría escapar y reunir a su gente para empezar una rebelión. Finalmente asintió con la cabeza, decidida a cambiar su vida.

Entonces la reina, escoltada por el capitán de la guardia, llevó a Ariel a palacio, y el resto de los guardias escoltaron a Em con destino a la horca. Con una mirada ambos se despidieron e internamente desearon que el otro pudiera sortear las difíciles pruebas que venían por delante.

Camino a la horca, los guardias se percataron que habían olvidado las llaves en el establo. Como no quedaba tan lejos, dejaron a Em atado a un poste y fueron en busca de ellas.

En tanto Em quedó solo y sin vigilancia, con el cuchillo que Ariel le había dejado, cortó sus ataduras, y procurando no ser visto por nadie, huyó tan rápido como pudo.

Ariel por su parte, volvió a ver su palacio. Estaba casi igual a lo que recordaba, y esa noche, pudo tener un buen baño, comida en abundancia y un descanso reparador que la prepararía para el siguiente día.

Cuando amaneció, le cambiaron sus ropas por unas dignas de una princesa, y la dirigieron al invernadero, en donde la esperaba el príncipe Erik. Estaba sentado, con las piernas apoyadas encima de una mesa, tomando el té con una mano, totalmente aburrido. Esa fue la primera de muchas citas que ambos tuvieron; el príncipe estaba encantado: finalmente una mujer escuchaba sus largas charlas acerca de sus aventuras y no le recriminaba por ser él mismo. Ariel no era anticuada como sus padres, y era una excelente compañera; paciente, delicada, refinada y divertida. Además se reía de sus chistes y podían hacer muchas cosas juntos. Ariel por su parte estaba impresionada: ese chico no se parecía en nada a sus padres, y no pudo culparlo por la mala vida de su gente.

Pero un buen día, cuando Ariel estaba disfrutando de la belleza de sus jardines, escuchó una conmoción: eran "Los rojos", los cuales se habían enterado de que la princesa muda estaba viva, y venían a rescatarla. En medio de la conmoción, Ariel corrió hacia ellos, y uno la condujo por un pasadizo secreto, guiándola al exterior, en donde huyeron a caballo. Después de un rato, el joven se bajó la capucha que le cubría su rostro y le dijo:

- ¿Aún me reconoces, princesa? - le dijo Em, quien se había unido a "Los Rojos" después de haber huido de palacio. - ¿No creías que me había olvidado de ti, verdad? ¡Ahora puedo rescatarte y salvarte de las garras del príncipe y sus padres!

Entonces Ariel le explicó que el príncipe había sido dulce, considerado y atento con ella; a través de gestos le dijo que había sido un buen muchacho, y que ambos estaban enamorados. Em se sintió genuinamente sorprendido, pero decidió apoyar a su amiga en todo lo que ella quisiera.

Llegaron a la base de "Los rojos", en donde Ariel se enteró a mayor profundidad de la situación de su pueblo, y planeó en conjunto con todos el plan definitivo para derrocar a los malvados reyes.

Semanas después, cuando estuvieron listos los preparativos, Ariel, Em, y un grupo de campesinos que lideraban el movimiento, se infiltraron en el palacio, y después de una intensa batalla, lograron retomar el control de su nación.

Encerraron a los antiguos y malvados reyes por el resto de su vida en la torre, sin comunicación con el resto del mundo. Por otra parte, el príncipe Erick, que estaba encerrado en su habitación al momento del ataque, le juró su completa lealtad y devoción a la inteligente, intrépida y leal princesa Ariel, y en un acto de amor, le pidió su mano, a lo que ella muy feliz aceptó. Su boda se realizó en un hermoso jolgorio, y las festividades no cesaron hasta semanas después, porque el pueblo por fin tenía suficiente comida y bebida, además de la alegría de saber que sus reyes, Erick y Ariel, se preocupaban genuinamente por ellos, y el reino se llenó de una paz y tranquilidad que en mucho tiempo, no habían tenido.

Además, los nuevos reyes nombraron a Emmanuel como el honorable Encargado de Asuntos Públicos, por la gran valentía e incondicional lealtad que había demostrado en el transcurso del tiempo. Sus hermanos Caleb y Chris crecieron saludables, y cuando tuvieron la edad suficiente, entraron a la guardia real encargada de proteger a los nuevos reyes.


F I N




¡Y colorín colorado, este cuento se ha acabado!
Espero que el cuento les haya gustado a ustedes y a sus seres queridos.
¡Nos vemos otro día en el blog, bye!



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